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Editorial #04

Descolonizaciones inciertas II

#NiUnaMenos (< ==> #MuchasMás)

En la primera entrega de nuestro debate, nos formulamos preguntas acerca de los significados actuales del término “descolonización”. Sin embargo, tenemos que admitir que lo que queremos ver como des-normativización de la vida social no pasa de ser una aspiración, y probablemente alentada tan solo por una pequeña fracción de la sociedad. Ni una sola batalla de descolonización ha sido ganada rotundamente.

Vivimos en un mundo que sigue siendo hostil para al menos el 50% de sus habitantes. No pasa un día sin —como mínimo— una noticia sobre violencia contra seres humanos, por lo general contra mujeres. Cada día hay mujeres torturadas, violadas, asesinadas, y sus cuerpos son descartados como basura. Desde comienzos de la década de 2000, “Ni una más”/“Ni una muerta más” fue el grito de las activistas en Ciudad Juárez, en el estado mexicano de Chihuahua, reclamando el fin de esa violencia. A partir del 3 de junio de 2015, cuando las manifestaciones se abrieron paso en las principales plazas de la Argentina, ese grito se invirtió para refutar la pérdida: “Ni una menos”/“Ni una mujer menos”. La velocidad con la que el movimiento #NiUnaMenos ha ganado fuerza a todo lo ancho y lo largo del continente muestra que ningún país es inmune al problema del femicidio o a la sistemática violencia de género. Esta lucha internacional de mujeres, con manifestaciones en cincuenta y cuatro países del mundo el 8 de marzo de 2017, testimonia la catastrófica dimensión global de la violencia1.

Sabemos que la violencia de género no solo se limita a los crímenes cometidos contra mujeres y niñas. Toma muchas otras formas. Los perpetradores de dichos crímenes quedan en libertad. Frecuentemente, ni siquiera son procesados porque el sistema judicial patriarcal se niega a creer en las víctimas. Al mismo tiempo, la capacidad de las mujeres para tomar decisiones sobre sus vidas es socavada por limitaciones draconianas a la libertad reproductiva o, incluso, por intentos de ilegalizar y criminalizar el derecho de la mujer a decidir.

También sabemos que ninguna clase es inmune a la violencia. Ni la riqueza, ni la educación ni el estatus profesional permiten a las mujeres protegerse contra ella. La violencia de género es omnipresente no solamente en la calle y otros espacios públicos, sino también en oficinas corporativas, instituciones educativas y hogares. Si en sus primeros días concebíamos a Internet como un espacio seguro para forjar vínculos y crear comunidades alternativas, hoy ese espacio engendra nuevas formas de violencia y acoso contra las mujeres: acecho, deshonra, chantaje. En los peores casos, la violencia virtual conduce a la muerte.

La filósofa Silvia Federici ha llamado a esta omnipresente violencia cotidiana la “guerra no declarada” que el capitalismo y el patriarcado libran contra las mujeres. Ella ha señalado que las mujeres de color se ven desproporcionadamente afectadas por esta guerra, y que las mujeres que viven en el sur del planeta están expuestas a sus formas más brutales, militarizadas y paramilitarizadas.

Como Federici, empleamos la palabra “mujeres” para nombrar una categoría política. Conscientes de posibles objeciones, afirmamos que esta categoría se extiende a las mujeres transgénero y otros cuerpos queer o rebeldes. Entendemos también que la violencia contra estos cuerpos inconformes sea muy probablemente la más atroz.

La guerra no declarada se libra en todas las estructuras sociales y afecta a todas las formas de vida. En los últimos meses, hemos visto a mujeres activistas inundar las galerías para recordarnos que el mundo del arte no es inmune a la violencia cotidiana y doméstica. Específicamente, estas activistas cuestionaron el valor que las instituciones del arte atribuyen a la artista cubana Ana Mendieta, cuyo esposo, el artista Carl Andre, fue absuelto de su asesinato. ¿Qué significa el continuo reconocimiento de Andre por parte de las principales instituciones del arte? ¿Alguna vez veremos un texto en una exposición o leeremos un ensayo en un catálogo que dé cuenta de las acusaciones contra él? Y si así fuera, ¿cómo cambiaría esa información el relato completo de la historia del arte?

En la otra cara de la moneda, ¿cómo aprovechamos la relativamente reciente inclusión de las mujeres artistas en galerías e instituciones de arte que durante años las ignoraron? ¿Resuelve su inclusión el problema de la igualdad? ¿Puede remediar décadas —si no siglos— de obstinada negación, y en tal caso, de qué manera? Los artistas que las instituciones del arte clasifican como mujeres componen un 30% del mundo del arte como máximo. El trabajo para lograr una representación igualitaria apenas se ha iniciado. Y si dicha representación verdaderamente equitativa se lograra alguna vez, ¿eso significaría que se ha producido un verdadero cambio estructural? ¿Cómo se posicionaría entonces ese “transformado” mundo del arte en relación con la violencia cotidiana que permea nuestras sociedades? Y aún más importante es acaso la pregunta sobre qué transformaciones estructurales y acciones concretas podemos efectuar hoy —las mujeres y nuestros aliados— en el campo cultural, para asegurarnos de que el llamado de #NiUnaMenos no vuelva a resonar en nuestras calles y nuestras galerías. Primero que todo, ¿cómo reconocemos siquiera —los artistas, curadores, críticos, marchantes, coleccionistas, etcétera— la violencia epidémica y sus mecanismos? ¿Emprender ese trabajo de reconocimiento implica que nosotros mismos, como sujetos, tengamos que someternos a ese proceso de descolonización? ¿De qué manera?

Dorota Biczel
Andrea Giunta
Luis Vargas Santiago

1 Se atribuye a la poeta y activista Susana Chávez Castillo (1974-2011), oriunda de Juárez, el haber acuñado la frase “Ni una mujer menos, ni una muerta más”, a mediados de los noventa. La académica Melissa Wright sigue los pasos del desarrollo del eslogan “Ni Una Más” en México en 2002.
Más allá de los casos particulares, estos movimientos de base de las mujeres en todo el globo se han inspirado unos a otros y en sus predecesores durante las últimas cuatro décadas. Por ejemplo, en octubre de 2016, las mujeres de Polonia fueron a la huelga en lo que se llamó Lunes Negro para oponerse al proyecto de prohibición total del aborto; en enero de 2017, en todo Estados Unidos, marcharon mujeres siguiendo los pasos de la asunción presidencial de un hombre que es ampliamente percibido como un abusador. Ha habido olas de protestas contra la violencia en la India desde diciembre de 2012, y una reciente campaña #NotinMyName [No en mi nombre] en Sudáfrica (mayo de 2017).
La campaña oficial anual de las Naciones Unidas “16 Días de Activismo contra la Violencia basada en el Género” (25 de noviembre-10 de diciembre) tiene su origen en el Instituto para el Liderazgo de la Mujer (1991), cuyas raíces se hallan en la Década para las Mujeres (1975-1985) declarada por Naciones Unidas, que comenzó con la Conferencia sobre las Mujeres de 1975, Año Internacional de la Mujer, en Ciudad de México.