Marisa Rubio – La mujer de negocios que se lamentaba de no vivir en el campo / Mite – 08.11.19 | 14.02.20

Publicado por | enero 02, 2020 | +, arteBA Fundación, Buenos Aires, En foco, Noticias

La mujer de negocios que se lamentaba de no vivir en el campo
Marisa Rubio
Mite
08.11.19 | 29.02.20

Marisa Rubio, La mujer de negocios que se lamentaba de no vivir en el campo, 2019, vista de exhibición en Mite. Ph: Gentileza de la artista

Marisa Rubio (Buenos Aires, 1976) presentó en Mite su primera muestra luego de la desaparición de Naranja Milano Questa –su personaje-autora– y la publicación póstuma de Teoría del quehacer actoral cotidiano para intérpretes (Cabiria, Buenos Aires, 2019), libro que documenta sus ideas y notas sobre el método de actuación que desarrolló desde 2008 hasta su fallecimiento, en 2018. El mencionado método consiste en situar al intérprete frente a un público, “la gente del mundo –dice–, que no es consciente de su condición de público, pero que participa del acto en la conciencia del intérprete que lo constituye como tal”. El proyecto propone una teoría y una serie de ejercicios y acciones para la creación de una práctica actoral que permite que la personalidad del intérprete se construya de formas diversas, de manera de ir desdoblándose en personajes (o vidas) múltiples que circulan paralelamente en los espacios de la vida cotidiana.

Marisa Rubio, La mujer de negocios que se lamentaba de no vivir en el campo, 2019, vista de exhibición en Mite. Ph: Gentileza de la artista

En La mujer de negocios que se lamentaba de no vivir en el campo, Rubio no exhibe un personaje que actúa o simula ser otro, aunque el título mismo supone una forma de desdoblamiento de la personalidad: «la mujer de negocios» vive en la ciudad, pero («se lamenta») fantasea con una vida campestre, de la que se priva en la realidad para ser quien es. El razonamiento implica que el espacio en sí transforma a quienes lo habitan, estableciendo pautas de conducta o actuación. En la muestra es el espacio de la sala el que está alterado, imitando la disposición y la forma de una sala de espera de lo que, en el imaginario porteño, podría ser un consultorio médico de Barrio Norte, la zona en que está ubicada la galería. Sobre las paredes cuelgan las típicas láminas enmarcadas, en este caso, cuatro acuarelas sobre papel que reproducen cuatro pinturas al óleo francesas de fines del siglo XIX: Paisaje marino cerca de Les Saintes-Maries de Vincent van Gogh, Camino en los campos de trigo de Pourville de Claude Monet, Paisaje litoral de Pierre-Auguste Renoir y Landscape de Paul Gauguin. Marisa Rubio se propuso pintar estas obras con la mano izquierda en un lapso menor a cuatro horas –con excepción de la de Gauguin, que le llevó seis–. El empleo de la mano izquierda, para una diestra, permite una mínima capacidad de control e implica también que la “personalidad” o construcción de la imagen se desdobla en dos hemisferios, siendo el resultado final visualmente otro del que se hubiera obtenido al utilizar su mano hábil.

Marisa Rubio, La mujer de negocios que se lamentaba de no vivir en el campo, 2019, vista de exhibición en Mite. Ph: Gentileza de la artista

En el día de la inauguración, en este espacio doble que es a la vez sala de exhibiciones-sala de espera, que establece pautas de conducta para los y las visitantes, cuenta la artista que dos gemelas idénticas se sentaron a observar. En la gemelidad, una sola imagen funciona para dos vidas diferentes y paralelas, revirtiendo el método actoral de Naranja Milano Questa, de quien en un rincón de la sala, como bibliografía para entretenerse durante la demora, puede consultarse uno de sus ejercicios, Las sesiones de Clara S. En este contexto, Lilien Savi, una de las hermanas, redactó sus impresiones sobre la exhibición. A continuación reproducimos su texto a manera de testimonio.

Testimonio de Lilia Savi

Marisa Rubio, La mujer de negocios que se lamentaba de no vivir en el campo, 2019, vista de exhibición en Mite. Ph: Gentileza de la artista

Un lugar que ni bien lo vi me recordó, por la forma de algunas cosas, al film Fresas salvajes, sobre todo a una escena en donde el médico prefiere “estar” el resto de su vida. Un lugar cálido, también este. Una alfombra con dibujos, guardas egipcias que siempre pienso tienen la respuesta, lo que queda de un diálogo entre dos personas, una niña siguiendo el dibujo con todo su cuerpo mientras esperamos ser atendidas. Hay una lámpara baja colgada de una viga, heredada o de la familia, antigua. Hay dos estatuas y unos angelitos abajo de una mesa. Los muebles son oscuros, las estatuas muy distintas entre sí. Una muy orgánica, circular, redonda y grande, de figuras humanas las dos.

Pienso en un consultorio de un médico traumatólogo, o cirujano especialista en mano.

La escultura que está apoyada en el escritorio es rústica, hecha con las manos, y la mujer parece estar trabajando la tierra, ennegrecida. Las reproducciones que ocupan las paredes tienen una firma maravillosa, igual a la de los “grandes maestros impresionistas”. Parece témpera por la opacidad y algo seco. Los marcos celestes, no me parece casual.

Hay un clima ya dispuesto por el color de los muebles y las sillas. Nada, salvo la niña, toca la guarda persa de la alfombra.

Mucha gente pasa por el consultorio, no todos se sientan, pero lo que veo es que rodean el escritorio o miran la agenda que hay sobre él. También quieren saber si las rococó del florero son de verdad. Hay una música tranquila con una imagen que nada tiene que ver.

A lo largo de la espera empiezo a sentirme con algunas molestias; estornudos, dolor de garganta, ganas de salir cuando veo que alguien saca muchas fotos al lugar y a los que estamos esperando. En ese momento supe que no podía dejar de reír, sin propósito, algo inesperado.

Siempre alguien llega para esperar. Algunos se van y después de un rato vuelven. En un momento se arma una especie de tertulia; hablan o leen un grupo de chicos un libro de Clara S., otra obra de la artista, que parece estaba ahí (eso fue algo increíble, encontrar ese libro en el consultorio, tapado por otros, en un rincón, fuera de toda biblioteca).

Me parece que el lugar, el consultorio, es tan cálido que da gusto estar. Tiende al rojo, pero no me da la sensación de que esté en una ciudad sino en las afueras, en un lugar apartado. Más bien parece un chalet alejado y tranquilo.

En algún momento de la espera llegan dos mujeres, parecen sorprendidas y a la vez sabiendo no encontrar al médico. Se despegan o recortan, como figuras salidas de un papel en blanco. Son distintas de la gente corriente que pasa por el consultorio, estas mujeres se me hacen “reales” y con toda la fuerza para estar ahí. Saludan al llegar y se sientan muy cerca de una mesa con velador, un poco frágil (la mesa, no el velador), que hace juego con las rococó que perfuman o decoran el escritorio.

Todo esto da tensión al espacio, sobre todo las dos mujeres que son tan distintas entre sí, una de ellas parece estar trabajando la tierra desde la raíz (lo digo por el aplomo que siento en esa mujer, una certeza inexplicable). No siento en ella que necesite del médico, ni siquiera en su dentadura, que me fijé era blanca y perfecta. Su compañera me da la sensación de fragilidad, se la ve sin entender lo que está pasando. Todo esto y su fijar un lugar dentro de la sala tambalea o rebota en el espacio que queda para esperar, trazando una diagonal con nosotras en el campo de acción.

Ellas, la mujer más joven y la que la acompaña, quieren estar ahí sin ser miradas pero sí viendo. Le dan mucha realidad a la obra, porque tampoco se preguntan, como otros, de dónde provienen las cosas, objetos o aparatos, sino que ya conviven con el consultorio. Cambian dos veces de lugar hasta ubicarse cerca nuestro (no sé si dije que el consultorio tiene cortinados y luces encendidas). Todo participa en silencio y es parte de la obra. Hablo de todas las cosas. Todo. Y ellas, solo con su presencia, dan sentido a la espera. Su actitud no es la misma que la de los otros que llegan y se sientan cómodamente en los sillones. Siento que la obra habla de la soledad y el tiempo, lo que nos queda. Arriba se escuchan voces, y es muy agradable el rincón en el que está la reproducción de Gauguin, es para quedarse todo el día y parte de la noche.

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