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Un eje en los setenta
Esta exposición fue concebida por encargo de arteBA Fundación para exhibir de manera institucional un conjunto representativo de arte contemporáneo argentino ante la escena internacional en las salas de Sotheby’s Nueva York en paralelo a la muestra del remate de arte latinoamericano de dicha casa en noviembre de 2003. Durante el curso de 2004 Fundación Telefónica invitó a realizar una nueva edición en su Espacio de Buenos Aires, para la cual se ofreció una versión ampliada con la participación de Juan Calos Distéfano, Juan Carlos Romero y Horacio Zabala con obras de época y ajustadas a la temática; a lo cual se agregó una publicación muy aumentada del catálogo con la participación de Oscar Terán, Daniel Link y Silvia Dolinko.

La propuesta curatorial partió de una relectura de la historia del arte reciente con un eje principal en los conflictivos años setenta. El análisis de esa década se encuentra lejos de estar agotado. La perspectiva de este período ha cambiado de manera sucesiva con dinamismo y ese proceso promete seguir adelante. De una visión de arrasamiento, de generación diezmada, de campo cultural fracturado(1), por los acontecimientos históricos, se ha pasado en los últimos años a una valoración específica de la producción de algunos artistas visuales al punto de haberse convertido en hitos paradigmáticos e indispensables del panorama de ese período y de un horizonte histórico mayor. Las dos líneas fuertes que emergen de estas relecturas constantes son: el Conceptualismo, más tarde, Neoconceptualismo, que identificamos como Silencio, que surgió en la Argentina a finales de los años ’60 y la otra es la de aquellos artistas que desde enfoques diversos abordaron el tema de la Violencia primordialmente por la vinculación de este término con la historia argentina.

Las dos tendencias acompañan el desarrollo del arte contemporáneo una vez efectuada la transición modernidad-contemporaneidad a fines de los años ’50, a través de la cual estalló un nuevo impulso de renovación de lenguajes canalizado por las neovanguardias y por la caída de la especificidad de las tradicionales categorías de pintura y escultura.

Ambas tendencias constituyen dos tipos de respuestas estético-artísticas formuladas ante una misma situación histórico-política.

Los años ’70 testimoniaron desde el comienzo un clima político turbulento: el regreso de Juan D. Perón entre dos dictaduras militares, guerrillas, represión y terrorismo de estado. Muchos intelectuales y artistas argentinos se exiliaron y otros continuaron su trabajo en el país de manera silenciosa y resistente. Fue a partir de aquel período que cobraron, de manera paradójica, plenitud los discursos de varios de los artistas incluidos en esta exposición.

Entre estos ejemplos paradigmáticos se cuentan las Analogías de Víctor Grippo,1970/77 y 1972, su construcción de un horno de pan, 1972, sus primeras mesas, 1972, 1978, su homenaje a los oficios, 1976; los laberintos y sistemas con organismos vivos de Luis Benedit como modos de análisis sobre los comportamientos sociales, desde 1968 a 1974; las esculturas de Juan Carlos Distéfano que inauguraban una técnica inédita de resina poliéster para dar forma a una figuración antropomórfica de consolidado dramatismo; las cárceles de Horacio Zabala que “ponen en evidencia el carácter represivo y autoritario de las sociedades de la región (Latinoamérica) y la situación de aislamiento contextual para los artistas”(2); la instalación “Violencia” de Juan Carlos Romero, que utilizaba en la institución artística estrategias propias de la difusión en la calle, los medios gráficos y la circulación literaria para llamar a la reflexión sobre la violencia circundante; las esculturas orgánicas de Norberto Gómez, que desde 1977 expresaban a una carnalidad violentada por el dolor; las lenguas, amordazamientos, los antimonumentos, de Alberto Heredia a través de formas antropomórficas inéditas, realizadas en telas engomadas y materiales de deshecho que ostentaban crítica e ironía extremas; los objetos, los gestos, el arte de comunicación a distancia de Edgardo A. Vigo que daban prioridad a un cambio de la función social del arte; el comienzo de los gestos estéticos de Liliana Porter, sólo en apariencia mínimos; los primeros objetos fundacionales del singular y casi mágico desarrollo de Roberto Elía, que datan de 1969 a 1971. Estas obras surgen como puntas de iceberg ineludibles. Si a continuación trazáramos imaginarias líneas de puntos entre toda la producción citada en base a tendencias y direcciones, emergerían las dos líneas anunciadas: el Silencio como modo de designar múltiples prácticas conceptuales en desarrollo sistemático y sostenido en el período, y la Violencia como una línea que echaba raíces en direcciones relacionadas con la historia, el contexto, traducida en estrategias diversas, maneras expresionistas, otras denunciativas de hechos de la realidad objetiva, otras emergentes del escenario político, etc. Una vez trazadas estas líneas se pudieron hallar antecedentes fundantes en el pasado reciente, por ejemplo, los gestos y obras fundamentales de León Ferrari que obligaron positivamente a retroceder hacia la primera parte de la década del sesenta y otras líneas de continuidad que devinieron posteriormente como continuación de las direcciones setentistas. Oscar Bony mantuvo de manera permanente una postura estético-crítica no sólo hacia el entorno, sino hacia las formas mismas del arte.

Durante los años noventa realizaría sus series de “suicidios” como manifestación rotunda. El cambio generacional se dio con Jorge Macchi, artista cuya aparición se registra a fines de los años ochenta, que creara todo un repertorio de signos desplazados, Graciela Sacco y Cristina Piffer con desarrollos en los noventa y dos mil, con expresiones de la violencia vinculada con la vida política y la historia fáctica, con formas más exteriorizantes, la primera, o más contenida, en representaciones relacionadas al concretismo, la segunda. Ellos, que pertenecen a la generación intermedia, trabajan con la memoria colectiva de un país que aún no ha concluido la construcción de su propia identidad.

De este modo, estas dos líneas, el Silencio y la Violencia, aparecen como tendencias características iniciadas en un período y prolongadas más tarde como modos que van identificando de manera acentuada a conjuntos del arte argentino. En muchos de los casos estas tendencias se han presentado de manera mixta y no en estado puro.

La libertad que estuvo cercenada en gran parte de la citada etapa la pudieron ejercer estos artistas en cuanto a la intocada autonomía de su capacidad creadora, aún desde las márgenes o desde un obligado hermetismo. Dentro de la variedad lingüística y sintáctica hubo una constante: la subyacencia de un fundamento ético en todos ellos, tal como si a través de sus obras existiese la posibilidad de establecer un equilibrio en el imaginario colectivo frente a una de las décadas más sangrientas y violentas de nuestra historia.

Lic. Mercedes Casanegra

(1) Beatriz Sarlo, “El campo intelectual: un espacio doblemente fracturado”, Represión y reconstrucción de una cultura: el caso argentino, Ed.Eudeba, Bs.As., 1988.
(2) Adriana Lauria-Enrique Llambías, “Horacio Zabala” en Centro Virtual de Arte Argentino, Gob. de la Ciudad de Bs.As. (www.arteargentino.buenosaires.gov.ar)