
Entrevista a Marion Eppinger, ganadora del Premio al Coleccionismo 2025
Marion Eppinger: consejos para confiar en tu ojo
Camaradería creativa, convivencia franca, acceso al arte y mucho entusiasmo: el proceso de una coleccionista vital para la historia cultural de América Latina.
Por María Mansilla
En unos días, en el enorme living de Juncal y Callao las obras de la Colección Helft van a convivir con una nueva pieza. Diseñada por Cristian Mohaded, será el recuerdo del Premio al Coleccionismo que Marion Eppinger, la dueña de este piso, recibirá de arteba. “Las obras se tienen que querer entre sí”, nos enseña. Pero como el amor es un misterio, quizá se lleve bien con el cuadro de Kuitca, o con los personajes de Berni, o con la escultura de Klein.
―¡Qué bien se la pasa siendo coleccionista!
―Para mí, es mi vida. Mi vida intelectual, social, estética. Es un hobby. Una fiesta.
Pionera, la Colección Helft es uno de los principales corpus privados de arte contemporáneo de América Latina. Fue gestada junto con Jorge Helft, ex marido de Marion, fallecido a comienzos de este año. Aquella joven pareja -migrante, aventurera, resiliente- compró un móvil de Le Parc en el Di Tella (u$s300 en 3 cuotas), y nunca más paró.
Marion Eppinger nació en Budapest en 1933. Su mamá era artista. Su familia tenía fábrica textil, ubicada en el mismo edificio donde estaba su casa, donde además vivían sus abuelos (“en lugar de Caperucita, mi abuelo me contaba cuentos de la biblia”). Siempre fue parte de un clan ampliado, porque alojaban a personas que por seguridad, en tiempos de guerra, dejaban su país o porque ellos mismos eran refugiados en un sótano ajeno. “Parecía una novela de Dostoievski”, bromea, lejísimos del lugar de víctima. Durante su adolescencia descubrió Buenos Aires, y los primeros bifes anchos, y el idioma español. Acá terminó la secundaria, armó su familia de amigas, estudió medicina y se convirtió en hematóloga del Hospital Ramos Mejía. La familia de Helft, trabajadores de anticuarios, también había llegado a la Argentina escapando de la persecusión nazi.
Su colección es vital para la historia cultural de nuestro país por tres razones. 1) La cantidad de piezas. 2) El foco en lo contemporáneo. 3) Su mística: entre 1980 y 1993 estuvo disponible para todo público, y gratis, en la Fundación San Telmo: tres pisos de artes plásticas, escultura, música “nueva”, talleres para infancias y muchas reuniones sociales.
Como el amor es un misterio, a mediados de los 90 Eppinger y Helft se separaron pero decidieron no divorciar su colección. Mientras, Marion trabajó en la gestión del Museo de Arte Moderno. Hoy le encanta viajar a bienales y asistir a los conciertos del Ensamble Arthaus y del Laboratorio de Investigación y Producción Musical del Centro Cultural Recoleta. En este piano de cola rodeado de arte suceden los mini conciertos que organiza para sus amigos.
¿Qué hilo rojo marca la Colección Helft? ¿Con qué criterio la gestionaron?
Empezamos sin criterio. Teníamos cierta formación, no académica sino por haber ido a muchas muestras. Éramos jóvenes, y enseguida nos conectamos con el arte argentino. Nos interesó lo contemporáneo por auténtico y especial. El gusto y la idea se formaron a través del tiempo.
Hablemos del tiempo: ¿de qué manera entiende el tiempo un coleccionista?
Tuve la suerte de no ocuparme del tiempo. Incluso ahora, entrada en años, no me doy cuenta de lo poco que me falta. Lo que sí, en retrospectiva me impresiona cómo la voracidad de los comienzos hizo que en 20 años la colección acumulase centenares de obras que constituyen un conjunto coherente. Tanto, que en los 90 nos permitió instalar la Fundación San Telmo, sin un guión premeditado pero con un sentido.
¿Cómo hicieron?
Si bien no había coleccionismo para lo contemporáneo en aquel momento, estaba el instituto Di Tella y había galerías importantes. Nos contactamos con esas personas para que nos guiaran, porque para confiar enteramente en tu ojo tenés que compartir criterios que te den seguridad. A los artistas a los que les comprábamos obra los hemos conocido mucho, almorzamos, conversamos, los visitamos, convivimos con ellos.
Tus procesos siempre incluyen lo amoroso, lo colectivo, la confianza.. ¿será por tu historia personal?
Vengo de una casa así. Mi madre era artista, y después de la guerra de Budapest ella reconstruyó nuestro departamento. Allí se juntaban a comer informalmente artistas, diplomáticos, jueces. Ella siempre quería que yo participara. Yo era una niña. Después, en el verano, íbamos a un pueblo donde estaba esta colonia de artistas, y mientras esperábamos al borde del Danubio que nos permitieran entrar al agua, yo escuchaba sus conversaciones. Crecí en ese ambiente de convivencia franca, sin formalidad, y es lo que siempre traté de reproducir. Para mí es lo más valioso de las relaciones sociales.
¿Nunca te lanzaste a pintar?
Mi mamá pintaba al aire libre. Una vez me llevó una carpetita y me puso frente al paisaje pero pronto abandonó la batalla. Yo no tenía talento, pero sí me gusta observar, mirar el arte y comentarlo. Lo mío era la música, tocaba piano y cantaba.
Coleccionar junto con el marido de una, ¿salva o detona la relación?
Estuvimos casados 40 años, tuvimos 3 hijos. Pasamos por todos los altibajos que tienen los matrimonios. Pero donde nunca tuvimos ni un sí ni un no fue con la colección. Jorge documentaba, armaba bases de datos, el mantenimiento, la biblioteca. Y yo, la parte artística. Me gustaba disponer de las obras, participar en la colgada, en la distribución en los espacios.
Luz, visibilidad, fondo… ¿cómo elegir el lugar perfecto para una obra?
Primero hay que ver de qué obra se trata, y si se casa con otra o la mata. Y eso no tiene que ver con la historia o la época de cada una sino con un sentido, con que se quieran entre sí.
¿Qué es lo primero que contás cuando querés enamorar a alguien de un cuadro?
No soy crítica de arte. Mi fuerte es mi sentimiento frente a la obra y la historia que me armo. Un buen cuadro de un buen artista tiene varias lecturas. Yo tengo la mía, y trato de transmitirla. Además, trato de transmitir el entusiasmo: cómo la conseguí, alguna anécdota. Hacerla vivir. También me pone contenta recibir la opinión de los que miran.
Cuando narrás tu historia mencionás, por ejemplo, “al volver a Budapest sentí frío”, “nevaba, y mi papá le hizo upa a mi hermano para que no llore”, ”mis compañeros bailaban Boogie-woogie pero a mí me habían enseñado a no ser frívola”. ¿Con esta memoria por el detalle mirás también el arte?
Cada uno tiene su manera de mirar. Yo busco una impresión general y relaciono con lo que he visto con la época, con otro cuadro… No busco el detalle. Miro el conjunto y miro la expresión que me da el cuadro, si está equilibrado, si algo de su construcción me molesta. Puedo decir: esto me gusta, esto no me gusta.
¿Qué es el mal gusto?
El gusto trillado. El que no tiene reflexión. El que busca el efecto inmediato. No solo en los cuadros, en la vida. Hay gente sencilla, de campo, que pueden tener una visión de los animales a los que cuidan, con una intimidad y con una calidez que otros con reflexiones mucho más superficiales no lo logran. y eso es lo que considero el mal gusto.
Museos, galerías o ferias: ¿con qué gesto las recorrés?
Soy bastante espontánea: entro y recorro rápidamente para saber de qué se trata, qué me están diciendo. Me gusta hacer una segunda vuelta para disfrutar y pasar tiempo con alguna obra.
¿Qué obra volverías a comprar dos veces y por qué?
Depende de la etapa. Tuve un metejón con Alberto Heredia, siempre me encantó. Me gusta Pablo Suárez y la nueva figuración. Con Kuitca y su obra tengo una relación especial. Estos artistas en algún momento han sido preferidos.
¿De dónde sacás tanto entusiasmo?
Nací así. Siempre fui voraz. Leer fue la gran aventura de mi adolescencia y de mi juventud, disfrutar de la naturaleza, del piano y después del arte. Como médica amé mi profesión. Y ahora me encanta ser vieja. Lo único que me molesta es que por ahí no dura mucho. Soy un poco inconsciente. Tengo la suerte de no ser nostálgica. Para mí, empezar algo nuevo es siempre una aventura. Igual tiene sus problemas, no es todo color de rosa. Eso de decir qué lindo fue… sí, sí, pero ya fue.
¿Qué te dice el color blanco?
No es mi preferido. Me gusta la cosa con más vida.
¿Se parecen en algo los médicos a los artistas? ¿Cómo podés convivir con ambos mundos?
Con facilidad, porque tengo pasión para las dos cosas. No nací con inclinación artística ni fui gran pianista ni gran científica. Pero todo lo podía hacer me gustaba. Hoy, mi compañero es matemático y tenemos lindas conversaciones, puedo participar. Incluso estoy leyendo sobre ciencias e inteligencia artificial.
¿Qué estás leyendo?
Maniac, de Benjamín Labatout.
Coleccionar es tomar posición frente al consumo y al dinero. ¿Un consejo para coleccionistas noveles?
Que lo hagan si les gusta y se entusiasman. El que hace una buena colección puede ganar plata, también puede perderla. Pero si lo hacen para ganar plata, mejor compren bonos.