Publicado por Fundación arteba el 13/10/2021

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Adentro no hay más que una morada. 34 artistas argentinos

Museo de Arte Moderno de Buenos Aires
18.09.21 | 13.03.22

Adentro no hay más que una morada. 34 artistas argentinos
Carlos Aguirre, Blas Aparecido, Erik Arazi, Gonzalo Beccar Varela, Gala Berger, Florencia Caiazza, Eugenia Calvo, Nacha Canvas, Jimena Croceri, Soledad Dahbar, Benjamín Felice, Dana Ferrari, Carolina Fusilier, Denise Groesman, María Guerrieri, Juan Gugger, Nina Kovensky, Lucrecia Lionti, Alejandra Mizrahi, Florencia Palacios, Mauricio Poblete, Lucía Reissig, , Daniela Rodi, Federico Roldán Vukonich, Florencia Sadir, Matías Tomás, Agustina Triquell, Francisco Vázquez Murillo, Antonio Villa, Santiago Villanueva, Agustina Wetzel, Ana Won, Bernardo Zabalaga
Museo de Arte Moderno de Buenos Aires
18.09.21 | 13.03.22

Con la paráfrasis de un verso del poema “Desdoblamiento en máscara de todos”, de Olga Orozco, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires presenta Adentro no hay más que una morada. Curada por Alejandra Aguado, la muestra reúne trabajos recientes de 34 artistas de la Ciudad de Buenos Aires y 13 provincias argentinas. El conjunto manifiesta“la voluntad de canalizar y potenciar su vínculo con el entorno ‒sea este material, intangible o incluso espiritual̶”, explica el museo, que, a través de esta propuesta, busca posicionarse, de forma federal e inclusiva, como una institución “de referencia tanto del arte argentino moderno y contemporáneo como del vínculo entre arte y educación, en la ciudad, la región y el mundo”. 

El título se refiere “a la imposibilidad de distinguir la noción de existir de la de habitar y trae a la conciencia la certeza de que aquello que se habita tiene la medida de nuestro cuerpo y responde a nuestra naturaleza, a nuestros impulsos ̶continúa el Museo de Arte Moderno̶. Somos lo que habitamos y viceversa”. Producidas durante los últimos dos años, las obras en la exhibición se encuentran “atravesadas por la experiencia dual de aislamiento y de arraigo en la que nos sumergió la pandemia”. La curadora agrega además que “son modos de señalar que estamos vivos mediante la producción de signos, señales y acciones sobre lo que nos rodea, de formas e imágenes que expresan el deseo de reunirse, de estrechar y de cuidar el vínculo con nuestra intimidad e individualidad, con el otro y con aquello que nos trasciende”. 

Algunos trabajos en la muestra dan cuenta de la voluntad de dejar un rastro individual, más allá de la representatividad de la figura humana. Es así como Nina Kovensky (Buenos Aires, 1993), por ejemplo, produjo su serie “Selfins” (2019-2020), en la que los rostros de las personas se reflejan en pequeños espejos instalados en el paisaje. Lucrecia Lionti (San Miguel de Tucumán, 1985), por su parte, quiso dejar constancia del paso del tiempo con su Calendario abstracto (2020). Otros se refieren más específicamente al entorno doméstico, tan protagonista durante el período de aislamiento, entre ellos, Bernardo Zabalaga (Cochabamba, 1978) y Lucía Reissig (Buenos Aires, 1994), que realizaron un talismán para rituales y acciones de limpieza en el cuidado de la casa. 

En otro sector, puede verse un grupo de obras que visualizan aquello que se mueve, aunque aparenta permanecer en quietud: Agustina Wetzel (Corrientes, 1988), por ejemplo, presenta un video en que se pueden ver explosiones de edificios que vuelven a construirse al reproducirse en reversa; Francisco Vázquez Murillo (Rosario, 1980) construye un alfabeto con hierros retorcidos que recolecta en la costanera y Florencia Caiazza (Buenos Aires, 1982) explora el sentido del tacto en una serie de obras que realiza a partir de las huellas de sus manos y de las de su hija recién nacida en contacto con la cerámica. 

Un sector central en la exposición despliega un grupo de obras que dan cuenta de la voluntad de resguardar el mundo de cada cual a partir de objetos: los fetiches personales que potencian el universo individual. Aquí, Blas Aparecido (Sauce, 1976) presenta una serie de camperas intervenidas con escudos o “torres de energía cósmica” que se pueden llevar puestas como “altares portables” –según explica Aguado̶. Santiago Villanueva (Azul, 1990) realiza una serie de pinturas-collage en que organiza todo tipo de elementos pequeños como espirales, collares o blísteres de medicamentos, que podrían apoyarse en las mesas revueltas o cajones de cualquier hogar. Sobre una columna se amontonan “Los mareados”, de Dana Ferrari (Buenos Aires, 1988), una serie de muñecos blandos de gran tamaño, rellenos con materiales textiles acumulados en el hogar, que “invitan al reposo de la verticalidad”. Cuenta la curadora que, durante el tiempo de aislamiento, la artista ofreció estos muñecos a diferentes “tutores” y que se utilizaron “para generar experiencias”. Gala Berger (Buenos Aires, 1983) presenta también obras textiles realizadas con una técnica de patchwork que superpone capas de tela y renders, en este caso, para generar un imaginario sobre las instituciones. 

Una sala lateral reúne obras en las cuales el cuerpo se proyecta en el entorno doméstico o en otras figuras reconocibles. Carolina Fusilier (Buenos Aires, 1985), por ejemplo, recorta digitalmente figuras arqueológicas y “rellena” su contorno con imágenes provenientes de la arquitectura. Eugenia Calvo (Rosario, 1976) recuesta una serie de muebles desarmados y otros objetos sobre el piso para sintetizar las tensiones de lo doméstico en una situación de reposo absoluto. En el repliegue hacia lo personal y el terreno de la propia casa, María Guerrieri (Buenos Aires, 1973) produce una serie de acuarelas en que pinta ladrillos que van tomando diferentes formas. Estas pinturas, que se distribuyen en los distintos sectores, van mostrando cómo desaparece la noción de límite entre las paredes y el propio cuerpo. 

Otro grupo de obras se vinculan entre sí a través de las ideas de ritual, esoterismo e intemperie. La compenetración de Matías Tomás (San Miguel de Tucumán, 1990), por ejemplo, con el paisaje de la yunga se traduce en un impulso gráfico que deriva en una serie de obras en tono expresionista, imágenes en que parece confundirse el espacio interior y exterior del cuerpo. Ana Won (San Miguel de Tucumán, 1989) crea pinturas abstractas en las que superpone capas de materiales diversos en busca de imágenes desconocidas. Denise Groesman (Buenos Aires, 1989) cuelga un gran sonajero metálico en el centro de la sala, un espacio abierto a espectadores. Jimena Croceri (Neuquén, 1981) presenta grandes trapos-sonajeros, haciendo audible el trabajo invisibilizado de la limpieza hogareña. Soledad Dahbar (Salta, 1976) muestra su Manifestación de pancartas con los colores de los metales vinculados al extractivismo en el norte argentino (plata, oro y cobre). Florencia Sadir (Salta, 1991) trabaja con materialidades naturales y formas muy simples que va tomando de los saberes ancestrales en su región. Alejandra Mizrahi (San Miguel de Tucumán, 1981) crea un paisaje con sus trabajos de randa, una técnica artesanal que la artista se dedica a investigar y documentar. Agustina Triquell (Córdoba, 1983) también investiga y documenta, fotográficamente, las posibilidades de ocupar el territorio, creando una reflexión sobre la legalidad, la realidad de la topografía y la utopía de habitarla. Mientras tanto, desde la pared adyacente, las esculturas de Mauricio “La Chola” Poblete (Mendoza, 1989) , 16 máscaras hechas con masa de pan, parecen observar la sala en silencio. “El período de detenimiento y encierro que provocó la pandemia –concluye el Moderno̶ nos llevó a volvernos por momentos invisibles en la esfera pública. Estas obras son, sin embargo, la contracara de esa imposibilidad de ser vistos. A partir de gestos, incisiones, reflejos, de búsquedas sensibles en la profundidad de los dispositivos tecnológicos, de la producción de un nuevo lenguaje, del ordenamiento de desechos en la forma de tótems o talismanes, de la voluntad de penetrar el paisaje, ellas se convierten en modos contundentes de decir ‘estoy presente’ e invitan a pensar el arraigo como forma de resistencia”. Participan también Carlos Aguirre (Arroyo Seco, 1981), Erik Arazi (Buenos Aires, 1990), Gonzalo Béccar Varela (Buenos Aires, 1983), Nacha Canvas (Ushuaia, 1990), Benjamín Felice (San Miguel de Tucumán, 1990), Juan Gugger (Deán Funes, 1986), Florencia Palacios (Sunchales, 1994), Daniela Rodi (Salliqueló, 1980), Federico Roldán Vukonich (Paraná, 1993) y Antonio Villa (Esquel, 1989).

Adentro no hay más que una morada. 34 artistas argentinos

Museo de Arte Moderno de Buenos Aires
18.09.21 | 13.03.22

Adentro no hay más que una morada. 34 artistas argentinos
Carlos Aguirre, Blas Aparecido, Erik Arazi, Gonzalo Beccar Varela, Gala Berger, Florencia Caiazza, Eugenia Calvo, Nacha Canvas, Jimena Croceri, Soledad Dahbar, Benjamín Felice, Dana Ferrari, Carolina Fusilier, Denise Groesman, María Guerrieri, Juan Gugger, Nina Kovensky, Lucrecia Lionti, Alejandra Mizrahi, Florencia Palacios, Mauricio Poblete, Lucía Reissig, , Daniela Rodi, Federico Roldán Vukonich, Florencia Sadir, Matías Tomás, Agustina Triquell, Francisco Vázquez Murillo, Antonio Villa, Santiago Villanueva, Agustina Wetzel, Ana Won, Bernardo Zabalaga
Museo de Arte Moderno de Buenos Aires
18.09.21 | 13.03.22

Con la paráfrasis de un verso del poema “Desdoblamiento en máscara de todos”, de Olga Orozco, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires presenta Adentro no hay más que una morada. Curada por Alejandra Aguado, la muestra reúne trabajos recientes de 34 artistas de la Ciudad de Buenos Aires y 13 provincias argentinas. El conjunto manifiesta“la voluntad de canalizar y potenciar su vínculo con el entorno ‒sea este material, intangible o incluso espiritual̶”, explica el museo, que, a través de esta propuesta, busca posicionarse, de forma federal e inclusiva, como una institución “de referencia tanto del arte argentino moderno y contemporáneo como del vínculo entre arte y educación, en la ciudad, la región y el mundo”. 

El título se refiere “a la imposibilidad de distinguir la noción de existir de la de habitar y trae a la conciencia la certeza de que aquello que se habita tiene la medida de nuestro cuerpo y responde a nuestra naturaleza, a nuestros impulsos ̶continúa el Museo de Arte Moderno̶. Somos lo que habitamos y viceversa”. Producidas durante los últimos dos años, las obras en la exhibición se encuentran “atravesadas por la experiencia dual de aislamiento y de arraigo en la que nos sumergió la pandemia”. La curadora agrega además que “son modos de señalar que estamos vivos mediante la producción de signos, señales y acciones sobre lo que nos rodea, de formas e imágenes que expresan el deseo de reunirse, de estrechar y de cuidar el vínculo con nuestra intimidad e individualidad, con el otro y con aquello que nos trasciende”. 

Algunos trabajos en la muestra dan cuenta de la voluntad de dejar un rastro individual, más allá de la representatividad de la figura humana. Es así como Nina Kovensky (Buenos Aires, 1993), por ejemplo, produjo su serie “Selfins” (2019-2020), en la que los rostros de las personas se reflejan en pequeños espejos instalados en el paisaje. Lucrecia Lionti (San Miguel de Tucumán, 1985), por su parte, quiso dejar constancia del paso del tiempo con su Calendario abstracto (2020). Otros se refieren más específicamente al entorno doméstico, tan protagonista durante el período de aislamiento, entre ellos, Bernardo Zabalaga (Cochabamba, 1978) y Lucía Reissig (Buenos Aires, 1994), que realizaron un talismán para rituales y acciones de limpieza en el cuidado de la casa. 

En otro sector, puede verse un grupo de obras que visualizan aquello que se mueve, aunque aparenta permanecer en quietud: Agustina Wetzel (Corrientes, 1988), por ejemplo, presenta un video en que se pueden ver explosiones de edificios que vuelven a construirse al reproducirse en reversa; Francisco Vázquez Murillo (Rosario, 1980) construye un alfabeto con hierros retorcidos que recolecta en la costanera y Florencia Caiazza (Buenos Aires, 1982) explora el sentido del tacto en una serie de obras que realiza a partir de las huellas de sus manos y de las de su hija recién nacida en contacto con la cerámica. 

Un sector central en la exposición despliega un grupo de obras que dan cuenta de la voluntad de resguardar el mundo de cada cual a partir de objetos: los fetiches personales que potencian el universo individual. Aquí, Blas Aparecido (Sauce, 1976) presenta una serie de camperas intervenidas con escudos o “torres de energía cósmica” que se pueden llevar puestas como “altares portables” –según explica Aguado̶. Santiago Villanueva (Azul, 1990) realiza una serie de pinturas-collage en que organiza todo tipo de elementos pequeños como espirales, collares o blísteres de medicamentos, que podrían apoyarse en las mesas revueltas o cajones de cualquier hogar. Sobre una columna se amontonan “Los mareados”, de Dana Ferrari (Buenos Aires, 1988), una serie de muñecos blandos de gran tamaño, rellenos con materiales textiles acumulados en el hogar, que “invitan al reposo de la verticalidad”. Cuenta la curadora que, durante el tiempo de aislamiento, la artista ofreció estos muñecos a diferentes “tutores” y que se utilizaron “para generar experiencias”. Gala Berger (Buenos Aires, 1983) presenta también obras textiles realizadas con una técnica de patchwork que superpone capas de tela y renders, en este caso, para generar un imaginario sobre las instituciones. 

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Publicado por Fundación arteba el 13/10/2021

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