Publicado por Fundación arteba el 03/05/2022

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Alejandro Kuropatwa en el Palacio Dionisi

05.04.22 | 24.07.22 - Cuatro docenas de calas

Cuatro docenas de calas
Alejandro Kuropatwa
Museo Provincial de Fotografía Palacio Dionisi
05.04.22 | 24.07.22

Con curaduría de Mercedes Claus, Cuatro docenas de calas, una muestra antológica dedicada a la obra de Alejandro Kuropatwa (Buenos Aires, 1956-2003), inició el ciclo de exhibiciones 2022 del Museo Provincial de Fotografía Palacio Dionisi. Abarca las catorce salas de la institución en un recorrido cronológico a través de cuatro núcleos temáticos sobre las distintas facetas de la vida del artista. En palabras de la curadora, propone “acercar su enorme contribución al arte argentino a partir de su experimentación constante con el medio fotográfico y su espíritu desobediente”.

Claus alude al comienzo de su texto curatorial a la comentada elegancia del artista: “Dicen que tenía la capacidad de dotar de belleza con la misma dedicación al acto cotidiano de poner la mesa que al modelo más célebre que posara ante su cámara; que para sus fiestas solía encargar docenas de peonías, azucenas, nardos o calas; y que cultivó una personalidad avasallante, audaz y seductora que fue parte inseparable de su obra”. Y subraya: “su devoción por el lujo y el placer, así como cierta confesa debilidad por las mujeres aristocráticas, atraviesa su trabajo”.

Bajo el título “Superficies de placer”, tomado del del tema y álbum de la banda Virus, las primeras tres salas reúnen obras de la década del 80. Se trata de las fotografías de un joven Kuropatwa que por aquel entonces estudiaba fotografía en Nueva York. “Su acercamiento con la escena del under internacional y local dan testimonio de su mirada transgresora, intrépida e irónica” —informa el museo— y destaca especialmente el “uso del gran formato, la alteración de los soportes fotográficos, el minucioso cuidado estético del color, la incorporación de lo azaroso y cotidiano en sus composiciones y la incursión hacia la performance y el videoarte”. Corresponde a esta etapa la serie “Fuera de foco”, compuesta, justamente, por imágenes completamente desenfocadas. “La transgresión sobre las convenciones que establecían lo que debía ser una buena fotografía fue, desde esta serie inicial, una constante a lo largo de su trayectoria. A partir de entonces, revisitó géneros clásicos, buscando torcer con sutileza y humor el tono grave en el que la fotografía de la época depositaba su valor artístico. Lejos de las construcciones idealizadas del desnudo, los fragmentos de cuerpos ampliados a gran escala presentan una cercanía íntima e impúdica, aproximándose a las poéticas festivas que, ante la salida de la dictadura, recuperaban el cuerpo como ‘superficie de placer’” —dice el texto de sala—.

Las salas 4, 5 y 6 se concentran en su retorno a Buenos Aires, cuando el artista recibe su diagnóstico: VIH positivo. “Su salud se deterioraba rápidamente y esto puede asociarse al matiz sombrío y melancólico que adquirió su obra a comienzos de los años 90. La referencia autobiográfica, su intimidad y su subjetividad se instalaron en el centro de su producción durante esta etapa, explícita en la utilización reiterada de su nombre en los títulos” —prosigue la explicación en sala—. Aquí puede verse, por ejemplo, la serie “Treinta días en la vida de A.”, que construye un relato fragmentario de su vida mientras indaga en el deterioro de los materiales, utilizando como soporte películas vencidas. En este sector, también la instalación ¿Dónde está Joan Collins?, una acumulación desordenada y torcida de cuadritos, evoca la fragilidad del presente. “Las tomas desprejuiciadas y triviales registran fragmentos de su cotidianeidad, de su entorno y sus afectos, que se presentan como porciones de la memoria en camino a ser olvidadas”. La sensación de melancolía aparece nuevamente en el video El París de K. “que registra la noche de 1992 en que Alejandro alquiló una habitación en el majestuoso Hôtel Le Meurice en París para realizar una exposición de sus fotografías, como una despedida. Frente al dolor de la enfermedad y lo que parecía su inevitable destino, la tristeza se vestía de fiesta para afirmar la vida”.

Las salas 7 a 11 presentan la serie fotográfica que marca un punto de inflexión en su obra, y en los cánones socioculturales de la década del 90. A mediados de 1996, Kuropatwa se encontraba en California y tuvo acceso a un, por aquel entonces, novedoso tratamiento contra el VIH. Meses más tarde inauguraba la muestra Cóctel en la galería Ruth Benzacar en Buenos Aires con una serie de fotografías que registraban su toma diaria de pastillas: del blíster a la cuchara y de la cuchara a la boca, registraba la ingesta del cóctel de antirretrovirales, bajo un prolífico tratamiento del color e iluminación. “Estas vibrantes fotografías dan cuenta de las esperanzas del fotógrafo de acceder a la cura del sida, …[al] fotografiar estas píldoras de una manera tan ‘lujosa’, como así también evidencian la dura lucha diaria padecida contra la enfermedad”. Copiadas en gran formato, las fotos hacían uso de los códigos del lenguaje publicitario: composiciones sobre fondos neutros, iluminación artificial, contrastes de texturas y una definición precisa. “La pericia técnica utilizada en su trabajo profesional para la empresa familiar de farmacia y cosmética donde fotografiaba los productos, se deslizaba hacia su producción artística. No era la primera vez, pero ahora su utilización adquiría nuevos significados” —continúa el museo—. “A través de estos códigos, los medicamentos se presentaban como objetos de lujo: preciados y deseables. Así, la obra celebraba la esperanza de vida ante el descubrimiento que reducía el virus a niveles indetectables, pero también hacía alusión al enorme costo del tratamiento”. De manera, “festiva y crítica, la serie fue una de las primeras obras de arte que en nuestro país abordó el tema en forma directa y se volvió una imagen icónica de la lucha contra el sida”. 

La curadora observa que “la construcción del gusto, de los cuerpos y de las subjetividades, son cuestiones persistentes en su trabajo que es, ante todo, una indagación profunda sobre la vida y la muerte”. En las últimas salas puede observarse que la producción de Kuropatwa tomó un rumbo diferente después de iniciado el tratamiento. En esta etapa, “reemplazó el placer hedónico por un consciente cuidado de sí mismo. Como Epicuro, comprendió que el placer puede hallarse en la ausencia de dolor, en el goce mismo de la existencia; y frente a la muerte cultivó su jardín de flores para regalarnos belleza y celebrar la vida” —afirma Claus—. En sus últimos tiempos de vida “reflexionó sobre la representación del cuerpo, siendo principalmente los estereotipos de belleza femenina, el placer y la liberación sexual, temáticas reiteradas en sus fotografías. De esta manera, el fin de la muestra se conjuga entre la seducción y el erotismo representados en retratos vívidos y esplendorosos de magníficas flores llenas de color y de mujeres de distintos estratos sociales fotografiadas con peinados y vestimentas ostentosas, que buscan reivindicar el deseo” —concluye el texto de sala—.


Fotografías de obra:  Gentileza de Archivo Alejandro Kuropatwa 

Alejandro Kuropatwa en el Palacio Dionisi

05.04.22 | 24.07.22 - Cuatro docenas de calas

Cuatro docenas de calas
Alejandro Kuropatwa
Museo Provincial de Fotografía Palacio Dionisi
05.04.22 | 24.07.22

Con curaduría de Mercedes Claus, Cuatro docenas de calas, una muestra antológica dedicada a la obra de Alejandro Kuropatwa (Buenos Aires, 1956-2003), inició el ciclo de exhibiciones 2022 del Museo Provincial de Fotografía Palacio Dionisi. Abarca las catorce salas de la institución en un recorrido cronológico a través de cuatro núcleos temáticos sobre las distintas facetas de la vida del artista. En palabras de la curadora, propone “acercar su enorme contribución al arte argentino a partir de su experimentación constante con el medio fotográfico y su espíritu desobediente”.

Claus alude al comienzo de su texto curatorial a la comentada elegancia del artista: “Dicen que tenía la capacidad de dotar de belleza con la misma dedicación al acto cotidiano de poner la mesa que al modelo más célebre que posara ante su cámara; que para sus fiestas solía encargar docenas de peonías, azucenas, nardos o calas; y que cultivó una personalidad avasallante, audaz y seductora que fue parte inseparable de su obra”. Y subraya: “su devoción por el lujo y el placer, así como cierta confesa debilidad por las mujeres aristocráticas, atraviesa su trabajo”.

Bajo el título “Superficies de placer”, tomado del del tema y álbum de la banda Virus, las primeras tres salas reúnen obras de la década del 80. Se trata de las fotografías de un joven Kuropatwa que por aquel entonces estudiaba fotografía en Nueva York. “Su acercamiento con la escena del under internacional y local dan testimonio de su mirada transgresora, intrépida e irónica” —informa el museo— y destaca especialmente el “uso del gran formato, la alteración de los soportes fotográficos, el minucioso cuidado estético del color, la incorporación de lo azaroso y cotidiano en sus composiciones y la incursión hacia la performance y el videoarte”. Corresponde a esta etapa la serie “Fuera de foco”, compuesta, justamente, por imágenes completamente desenfocadas. “La transgresión sobre las convenciones que establecían lo que debía ser una buena fotografía fue, desde esta serie inicial, una constante a lo largo de su trayectoria. A partir de entonces, revisitó géneros clásicos, buscando torcer con sutileza y humor el tono grave en el que la fotografía de la época depositaba su valor artístico. Lejos de las construcciones idealizadas del desnudo, los fragmentos de cuerpos ampliados a gran escala presentan una cercanía íntima e impúdica, aproximándose a las poéticas festivas que, ante la salida de la dictadura, recuperaban el cuerpo como ‘superficie de placer’” —dice el texto de sala—.

Las salas 4, 5 y 6 se concentran en su retorno a Buenos Aires, cuando el artista recibe su diagnóstico: VIH positivo. “Su salud se deterioraba rápidamente y esto puede asociarse al matiz sombrío y melancólico que adquirió su obra a comienzos de los años 90. La referencia autobiográfica, su intimidad y su subjetividad se instalaron en el centro de su producción durante esta etapa, explícita en la utilización reiterada de su nombre en los títulos” —prosigue la explicación en sala—. Aquí puede verse, por ejemplo, la serie “Treinta días en la vida de A.”, que construye un relato fragmentario de su vida mientras indaga en el deterioro de los materiales, utilizando como soporte películas vencidas. En este sector, también la instalación ¿Dónde está Joan Collins?, una acumulación desordenada y torcida de cuadritos, evoca la fragilidad del presente. “Las tomas desprejuiciadas y triviales registran fragmentos de su cotidianeidad, de su entorno y sus afectos, que se presentan como porciones de la memoria en camino a ser olvidadas”. La sensación de melancolía aparece nuevamente en el video El París de K. “que registra la noche de 1992 en que Alejandro alquiló una habitación en el majestuoso Hôtel Le Meurice en París para realizar una exposición de sus fotografías, como una despedida. Frente al dolor de la enfermedad y lo que parecía su inevitable destino, la tristeza se vestía de fiesta para afirmar la vida”.

Las salas 7 a 11 presentan la serie fotográfica que marca un punto de inflexión en su obra, y en los cánones socioculturales de la década del 90. A mediados de 1996, Kuropatwa se encontraba en California y tuvo acceso a un, por aquel entonces, novedoso tratamiento contra el VIH. Meses más tarde inauguraba la muestra Cóctel en la galería Ruth Benzacar en Buenos Aires con una serie de fotografías que registraban su toma diaria de pastillas: del blíster a la cuchara y de la cuchara a la boca, registraba la ingesta del cóctel de antirretrovirales, bajo un prolífico tratamiento del color e iluminación. “Estas vibrantes fotografías dan cuenta de las esperanzas del fotógrafo de acceder a la cura del sida, …[al] fotografiar estas píldoras de una manera tan ‘lujosa’, como así también evidencian la dura lucha diaria padecida contra la enfermedad”. Copiadas en gran formato, las fotos hacían uso de los códigos del lenguaje publicitario: composiciones sobre fondos neutros, iluminación artificial, contrastes de texturas y una definición precisa. “La pericia técnica utilizada en su trabajo profesional para la empresa familiar de farmacia y cosmética donde fotografiaba los productos, se deslizaba hacia su producción artística. No era la primera vez, pero ahora su utilización adquiría nuevos significados” —continúa el museo—. “A través de estos códigos, los medicamentos se presentaban como objetos de lujo: preciados y deseables. Así, la obra celebraba la esperanza de vida ante el descubrimiento que reducía el virus a niveles indetectables, pero también hacía alusión al enorme costo del tratamiento”. De manera, “festiva y crítica, la serie fue una de las primeras obras de arte que en nuestro país abordó el tema en forma directa y se volvió una imagen icónica de la lucha contra el sida”. 

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Publicado por Fundación arteba el 03/05/2022

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